Las nuevas bailarinas


Es difícil separar la figura de la bailarina del edificio del ballet. Ellas son en realidad el último y más perfecto componente que remata esa máquina de crear ilusiones visuales. Sin cuerpo ni voz, repletas de gracia y capaces de un virtuosismo que pretende imitar lo sobrehumano, las bailarinas aguantan todos los deseos y proyecciones del espectador ideal y tradicional para el que se creó el ballet. A lo largo del s.XX, se han inventado nuevas figuras que pretendían cuestionar la hegemonía del artefacto. Pero ni la danza moderna ni mucho menos la contemporánea, han logrado desestabilizar esa gran máquina y han acabado recurriéndo a las fascinantes técnicas y artificios que ésta suministra. Es cierto que no son pocos los ejemplos de mujeres que han intentado evitar el funcionamiento implacable del ballet para contar, con su propia voz, sus propias historias. Pero siempre lo han hecho inventando figuras que negaban todos los valores exigidos en el ballet: antibailarinas. Sin embargo parece que algo está cambiando y en los últimos tiempos han aparecido casos de artistas que no necesitan la negación para hacer que el teatro para ballet se hunda. Podríamos decir que se trata de auténticas bailarinas que han sido capaces de subvertir sus atributos tradicionales: en ellas, la gracia extrema se ha convertido en ironía ácida; el virtuosismo de los pasos en virtuosismo en lo conceptual; y la capacidad de captar la atención del espectado en control sobre la mirada de éste. Así, estas nuevas y brillantes bailarinas, no sólo son capaces de hablar de los mecanismos y estructuras de la representación, sino que además, gracias a su virtuosismo redefinido, son capaces de hacer que tiemble el suelo del teatro sin que nos demos cuenta. Y esto pone en cuestión todas las rutinas de la danza, desde el ballet hasta la llamada nueva danza, dede Nureyev hasta Xavier Lerroy. The Real Fiction, el proyecto más reciente de Cuqui Jerez en el que ha contado con la colaboración de Amaia Urra y María Jerez, es un ejemplo perfecto de cómo estas nuevas bailarinas virtuosas son capaces de llevar la representación hasta extremos en los que perdemos cualquier tipo de control. Y una vez perdido el control cabe esperar que se nos aparezcan los nuevos relatos, las nuevas epifanías contadas, esta vez, por su propia boca.

Jaime Conde-Salazar

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